Un día llegó al taller una mujer cubana que vivía en Hialeah. Me pidió unas sandalias únicas, que le recordaran su infancia en La Habana. Quería algo sencillo, pero con carácter. Me habló de su abuela, que siempre usaba sandalias de cuero. Ese recuerdo me inspiró desde el primer boceto.
Decidí trabajar con cuero vegetal claro, con un acabado suave y natural. Las tiras serían simples, pero fuertes. El diseño debía ser cómodo, fresco y elegante. Le añadí un pequeño repujado con hojas de palma, símbolo de su tierra. Cada línea estaba pensada con cariño.

Mientras cortaba el cuero, sentía que estaba haciendo más que un calzado. Estaba creando un puente entre dos islas, entre el pasado y el presente. Cosí a mano cada tira con hilo encerado. Puse especial cuidado en la planta para que el pie descansara con suavidad.
se las entregué, se emocionó. Dijo que al ponérselas, se sintió caminando por el malecón de La Habana. Para mí, ese fue el verdadero pago: saber que una pieza hecha con mis manos podía despertar tanta emoción. Esa es la magia del cuero y la memoria.
Hoy esas sandalias ya han caminado mucho, pero siguen vivas. Me escribió meses después contándome que eran sus favoritas. El cuero había cambiado de tono, pero seguía fuerte. Así como su historia. Esa pieza me recordó que cada cliente trae una historia, y mi trabajo es vestirla con alma.
Desde entonces, cuando hago sandalias, pienso en ella. En cómo una simple creación puede guardar tanto. Por eso no repito modelos exactamente iguales. Porque cada persona merece una pieza que hable de su propia historia. Así nació una de mis creaciones más queridas.

